Carolina Vollmer. Desafiando el caos
Por Félix Suazo
La pintura de Carolina Vollmer toca distintos bordes, sobre todo cuando se advierte que la suya es una épica entre el control y la entropía. Así, en cada extremo de la superficie lo instintivo tropieza con un borde que llama a la mesura, de tal suerte que la obra se transforma constantemente en máscara y sustancia. Un ejercicio que trae a la escena de la pintura – esa ave fénix que cada cierto tiempo es resucitada de inefables fallecimientos – antiguos y nuevos problemas.
A veces sus trabajos “hablan” con grafías incomprensibles, mientras en otras ocasiones esa pulsión escritural queda sumergida en la indefinición de la mancha o buscan desahogo en la porosidad táctil de la huella. Detrás o debajo de todo aquello hay un mundo sumergido, una arqueología que esquiva sus hallazgos y difumina cualquier certidumbre. La pintura, como la memoria, es un palimpsesto donde el orden y la causalidad se confunden.
Precedida por una prolongada exploración figural (insectos, retratos, naturalezas muertas), su investigación actual pone mayor atención al color y la textura, aunque mantiene la predilección por lo expresivo en un gesto de sincronización entre la mano y la mente que oscila entre la violencia controlada y el lirismo. En estos trabajos el caos es una presunción regulada, impulsada por reverberaciones acústicas, como si la obra estuviera adherida a una partitura invisible.
Si el color es la “carne” de la pintura – esa envoltura que transpira penumbras, festejos y rubores –; es también una fuerza que busca el ritmo y la alternancia óptica. En unas ocasiones los naranjas y amarillos se adelantan sobre los azules; en otras, sin embargo, los pigmentos se entrecruzan en una retícula irregular. Aquí confluyen de manera espontánea los expedientes de diferentes ismos visuales; de la abstracción al expresionismo y de este al informalismo.
Chorreados y aplicaciones realizadas directamente con la mano o con instrumentos no pictóricos, constituyen un repertorio de soluciones contradictorias (y al mismo tiempo complementarias), donde la pintura se vuelve piel, espesor adherido, envoltura hecha de superposiciones y cruzamientos. Todo eso, en franca tensión con la sobriedad extrema de los formatos cuadrados y rectangulares, desafiando incluso la diáfana volumetría de los bordes. Entre esos límites, el caos –según decíamos- es una presunción, o más bien, un impulso expectante, cuyos desencadenamientos no alcanzan el abismo.
Sin embargo, en sus cajas, lunas y prensados se advierte una vertiginosa metamorfosis. En estas piezas hay un desplazamiento del soporte; una búsqueda cada vez más espacial que va haciendo de la pintura un hecho continuo y multidimensional. En las cajas, los pigmentos se desbordan siguiendo el volumen; en las lunas la obra se ramifica construyendo micro constelaciones de discos conexos y; finalmente, en los prensados –estructuras de alambre y objetos metálicos “moldeados” de manera caprichosa por la prensa – el color se adosa como un pellejo que se resiste a abandonar el esqueleto. Oficio de límites que busca su justificación en las rotaciones del instinto y que alcanza su plenitud en la hegemonía de los contrastes.
Caracas, febrero de 2009
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