Precisamente el trazo y el color son dos características muy puntuales en la indagación plástica de Carolina Vollmer. Trazos, para canalizar una necesidad expresiva, artística, humana.
Color, para acentuar ese gesto sensible que se convierte en miradas de su propia interioridad.

Trazos y color que cubren el plano, buscando plasmar su permanente contacto con el mundo y sus diferentes culturas. Suerte de bitácora que se escribe a medida que Vollmer va descubriendo el sentir de cada viaje, de cada encuentro.

Al trazo y al color, se le suma la textura trabajada como piel, que se fusiona para abordar el espacio pictórico, afirmando una aparente razonada composición.Para comulgar como concepto, para abrazarse y hacerse cuerpo.

Cuerpo matérico que se nutre a su vez de pequeños retazos y fragmentos de viaje, que se vuelven sensibles veladuras, memorias íntimas del ser. Sensible búsqueda donde la aventura y la introspección le brindan a dicho cuerpo un mayor vigor.

Vigor que se crece en planos verticales, que son espacialmente exigentes y plasticamente más complejos. Visiones verticales e íntimas que proponen un mayor acercamiento.

Vollmer sabe andar sin prisa, su obra se va gestando en silencio, busca refugio en su propio entorno. Los cambios se proponen más no se exigen, están siempre a la espera de un nuevo viaje.

Alberto Asprino



Carolina Vollmer. Desafiando el caos
Por Félix Suazo

La pintura de Carolina Vollmer toca distintos bordes, sobre todo cuando se advierte que la suya es una épica entre el control y la entropía. Así, en cada extremo de la superficie lo instintivo tropieza con un borde que llama a la mesura, de tal suerte que la obra se transforma constantemente en máscara y sustancia. Un ejercicio que trae a la escena de la pintura – esa ave fénix que cada cierto tiempo es resucitada de inefables fallecimientos – antiguos y nuevos problemas.

A veces sus trabajos “hablan” con grafías incomprensibles, mientras en otras ocasiones esa pulsión escritural queda sumergida en la indefinición de la mancha o buscan desahogo en la porosidad táctil de la huella. Detrás o debajo de todo aquello hay un mundo sumergido, una arqueología que esquiva sus hallazgos y difumina cualquier certidumbre. La pintura, como la memoria, es un palimpsesto donde el orden y la causalidad se confunden.

Precedida por una prolongada exploración figural (insectos, retratos, naturalezas muertas), su investigación actual pone mayor atención al color y la textura, aunque mantiene la predilección por lo expresivo en un gesto de sincronización entre la mano y la mente que oscila entre la violencia controlada y el lirismo. En estos trabajos el caos es una presunción regulada, impulsada por reverberaciones acústicas, como si la obra estuviera adherida a una partitura invisible.

Si el color es la “carne” de la pintura – esa envoltura que transpira penumbras, festejos y rubores –; es también una fuerza que busca el ritmo y la alternancia óptica. En unas ocasiones los naranjas y amarillos se adelantan sobre los azules; en otras, sin embargo, los pigmentos se entrecruzan en una retícula irregular. Aquí confluyen de manera espontánea los expedientes de diferentes ismos visuales; de la abstracción al expresionismo y de este al informalismo.

Chorreados y aplicaciones realizadas directamente con la mano o con instrumentos no pictóricos, constituyen un repertorio de soluciones contradictorias (y al mismo tiempo complementarias), donde la pintura se vuelve piel, espesor adherido, envoltura hecha de superposiciones y cruzamientos. Todo eso, en franca tensión con la sobriedad extrema de los formatos cuadrados y rectangulares, desafiando incluso la diáfana volumetría de los bordes. Entre esos límites, el caos –según decíamos- es una presunción, o más bien, un impulso expectante, cuyos desencadenamientos no alcanzan el abismo.

Sin embargo, en sus cajas, lunas y prensados se advierte una vertiginosa metamorfosis. En estas piezas hay un desplazamiento del soporte; una búsqueda cada vez más espacial que va haciendo de la pintura un hecho continuo y multidimensional. En las cajas, los pigmentos se desbordan siguiendo el volumen; en las lunas la obra se ramifica construyendo micro constelaciones de discos conexos y; finalmente, en los prensados –estructuras de alambre y objetos metálicos “moldeados” de manera caprichosa por la prensa – el color se adosa como un pellejo que se resiste a abandonar el esqueleto. Oficio de límites que busca su justificación en las rotaciones del instinto y que alcanza su plenitud en la hegemonía de los contrastes.

Caracas, febrero de 2009










Carolina Vollmer
 
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