Al proponernos cartografías fracturadas de espacios discontinuos; al crear mapas de territorios y de materiales yuxtapuestos; al poner en escena coincidencias fragmentarias de fenómenos geológicos (ver en la veta del mármol, por ejemplo, la premonición de los meandros de un río, o de las huellas de un deslave, como Chema Madoz, por ejemplo, ve en un muro desconchado la premonición de un mapamundi); Carola Bravo nos invita a pensar en la imprecisión de nuestra experiencia de los espacios que recorremos cotidianamente, en la ambigüedad de nuestra propia consciencia de permanencia, de localización, de pertenencia a determinados territorios; nos invita a pensar, también, en lo impredecible de ciertos recorridos, en lo inconmensurable de ciertas dimensiones.
Tal vez por eso, entre los trozos de mármol y los planos y cortes de territorios que son también cortezas y bordes de mar, costas o crestas, ha tendido esos hilos de acero que organizan retículas o, mejor, haces, que parecen soportar lo insoportado, lo insoportable. De alguna manera, esas guayas metálicas, esos alambres tensos, reproducen la geometría maravillosa de los portulanos antiguos, con sus trazados de vías marítimas, sus rumbos de vientos, en los que la línea recta parece exorcizar en el papel los inconvenientes y los peligros de los viajes azarosos a los que servían de guía. Está claro, lo sé, que las instalaciones de Carola Bravo no pretende guiarnos a ninguna parte; no son, en ese sentido, periplos, derroteros; son cartas de marear, sí, imprecisas; cartas que pueden marearnos en su provocada y provocadora imprecisión. Cartas de marear que invitan, sin duda, a la navegación y que son ellas mismas el lugar y la ocasión de ese navegar, pues son a la vez cartografía y puesta en escena del espacio que convocan al tiempo que, performativamente, actualizan, como si nos fuera dado penetrar en un mapa y habitarlo, como se habita una habitación, o un escenario.
Uno podría decir, pues, que las cartografías de Carola Bravo son grandes mapas desplegados en profundidad, como si la carta geográfica de un territorio adquiriese una dimensión adicional a las del plano. Son mapas para ser actuados. En este sentido es que quería proponerles entender estas cartografías escenificadas, como teatros del territorio: escenas donde el espacio hace espacio a su propia representación; una representación que no está dada de antemano sino que se activa en cada puesta; es decir, en cada nuevo recorrido que alguien emprende sobre sus tablas.
Rafael Castillo Zapata
Escritor e investigador
Centro de Estudios Latinoamericanos-Celarg-Caracas-Venezuela
Carola Bravo arranca sus ejecuciones con el otorgamiento de un tono solemne a los espacios. Estos promueven ingredientes plásticos y psicológicos que se fusionan en atmósferas de temperaturas álgidas, pero colmadas de energías esfumadas y convocadoras. Aquí el resultado resulta profundo como consecuencia de sucesivos planos que vienen reportados por los dibujos o por las formas geométricas de los mármoles. El espacio se reporta como extensión y prolongación, como brote de relaciones y de ilusiones, en definitiva, aflora como constelación de interacciones y tensiones. La síntesis de lo anterior se presenta como geometría espacial o como espacio geometrizado…también podría pensarse en geometrías intuitivas que se construyen mediante espacios fragmentados y de formas seccionadas que promueven la extraña combinación de fuerzas comcurrentes y divergentes. Carola Bravo incentiva ambivalentes sensaciones que sugieren expansiones y concentraciones en el interior de espacios que palpitan dentro de espacios previamente entramados. Esa idea de lo entramado está directamente viculada con las sensaciones que proceden del reiterado uso de líneas y redes a los cuales recurre la artista…En definitiva, Carola Bravo conquista una de las aspiraciones más desafiantes del trabajo artístico: hacer que lo visible no sea una simple pantalla de apariencias, ni una vitrina colmada de frivolidades, ni una escenografía anodina, por el contrario, logra imprimirle a sus realizaciones la agudeza metafórica propia de lo sutil y de lo sublime. Para darle consistencia a estas sutilezas hace que cada concepto asumido nos remita a otros más complejos hasta sentir que nos elevamos hacia instancias volátiles que no admiten pesos ni significaciones, porque ellas van más allá de cualquier especulación.
Víctor Guédez.
Escritor, crítico y curador de arte.
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